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GEORGES PEREC
Un hombre que duerme
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LA
OBRA Novela cumbre de la «Literatura Bartleby», auténtico símbolo generacional, Un hombre que duerme narra la peripecia de un estudiante que decide no levantarse de la cama el día de sus exámenes de Sociología, abandonar sus estudios, romper toda relación con amigos y parientes, y recluirse en sí mismo y en su chambre de bonne, donde todo es gris. Más tarde se dedicará a deambular incansable por París, a ir al cine, a leer los titulares de los periódicos, pero como lo haría un sonámbulo. Para el estudiante todo forma parte de una vaga estrategia encaminada a alejarse de los deseos materiales, de la ambición y de su dependencia de los objetos, los ambientes, los sonidos y aromas de París, la ciudad que lo ha acogido y que lo acabará fagocitando. Un hombre que duerme constituye una de las cumbres de la narrativa francesa de los sesenta, recuperada ahora en una magistral traducción de Mercedes Cebrián. |
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GEORGES PEREC : UNA CORTA BIOGRAFÍA |
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Georges Perec nació en París en 1937. Fue el único hijo de Icek Peretz y Cyrla Szulewicz, ambos judíos polacos emigrados a Francia en la década de los veinte. Su padre, que se alistó como voluntario del ejército francés durante la Segunda Guerra Mundial, murió en la contienda. En 1941 el pequeño George fue enviado por su madre a la localidad de Villard-de-Lans en un tren de la Cruz Roja, siendo bautizado con el nombre francés de «Perec». Poco después, Cyrla fue apresada por los nazis a causa de su sangre judía y murió en 1943 en el campo de concentración de Auschwitz. Perec pasó el resto de la guerra al cuidado de sus tíos paternos, que en 1945 lo adoptaron formalmente. Mientras estudiaba Historia y Sociología en la Universidad de la Sorbona comenzó a colaborar con algunas revistas literarias, como La Nouvelle Revue Française y Les Lettres Nouvelles. En 1960 se casó con Paulette Petras, con quien se trasladaría a Sfax, en Túnez, ciudad en la que vivieron un año y en la que ella trabajó como profesora. En cierto modo, esa relación sirvió de inspiración para su primera novela, Las cosas (1965), retrato de una sociedad dominada por los objetos y por las modas, que se alzó con el Prix Renaudot. Pronto vendrían obras del calado de Un hombre que duerme (1967) —que Perec convirtió con los años en su primer proyecto cinematográfico—, y sobre todo de La desaparición (1969), en la que desarrollaba una compleja trama de intriga con la particularidad de que en toda la novela no se utilizaba la letra «e», la más usual en lengua francesa. Curioso irredento, aficionado a los experimentos lingüísticos, a los puzzles y las enumeraciones —algunos de cuyos ejemplos más sublimes se recogen en Lo infraordinario, publicada recientemente por Impedimenta—, Perec formó parte del grupo literario parisino OuLiPo (acrónimo de Ouvroir de Littérature Potentielle), dirigido por Raymond Queneau y François Le Lionnais, y al que también pertenecía Italo Calvino. Fue precisamente a Queneau —que desgraciadamente había muerto poco antes— a quien Perec dedicó la obra que supondría su consagración, La vida, instrucciones de uso (1978), monumental fresco posmoderno de la vida parisina, repleto de referencias culturales y dotado de una insuperable fuerza narrativa, que le valió el prestigioso Premio Medicis. En 1981 viajó a Australia para trabajar en la Universidad de Queensland, lugar donde se entregó a la escritura de su última obra, inacabada, 53 días. Poco después de su regreso de Australia se le diagnosticó un cáncer de pulmón, del que murió un año después en la ciudad de Ivry. |
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EL TRADUCTOR |
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© Impedimenta, S.L. Reservados todos los derechos. Página actualizada el 14 de enero de 2009